lunes, 26 de marzo de 2012

La mar escrita



Foto de Helene Bamberger


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Es la mar.
A toda prisa.
Ha quebrado el bosque de mármol.
Así y todo perdura.
Cristo, perdura.
Y nada, se guarda así, se equivoca la mar.
Camina con los tiempos, como si fuese posible.


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Primera visita a las tumbas.
Vemos, leemos los nombres, la edad del difunto, sombras de cruces en el agua del río. Luego hablamos de la muerte. Y callamos. ¿Qué otra cosa harían, ustedes?
Quiénes son, ustedes, sin ese anonimato, esa patria reciente, moderna, la de otros muertos, la de esa infancia muerta en combate con su cuerpo.
Y luego hablamos de nuevo de la muerte. No podemos dejar de leer los nombres en el bosque de los niños muertos de la guerra.
¿Quiénes son ustedes, quiénes serán en adelante, sin esos niños? ¿Es no comprender nada? Si, es eso. No comprendemos. Nada. Entonces, todo se parece y se sufre. Como un camino interminable, perfecto, vano.


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Me pregunto aún cómo ocurrió.
Hablo de la vida detenida, aquella que sobrepasa la muerte por el resto de los tiempos.


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Leer: la sombra.
Es la sombra del balcón de nuestro apartamento en Roches Noires.
Nada nos recuerda. Ahí. Es todo. Donde somos cuando el calor es intenso. Nada: hierro, ausencia, vacío.
La guerra se hizo lejana como la edad de los niños, como la guerra, el tiempo transcurrido en guerra. No sabemos dónde ocurre. A veces ni siquiera llegamos a saber si aún hay guerras, hoy o ayer.
No sabemos nada más, casi, a fuerza de saber Todo. Todo como creemos saber. Es lo que llamamos un estado avanzado de desesperación.


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Todo se ha vuelto AZUL. Es azul. Un grito absolutamente azul.
Del azul venido de los orígenes de la Tierra, de un cobalto desconocido. No podemos detener ese azul, esos despojos de polvaredas azules de cementerios de niños. Sufrimos. Lloramos. Todos lloran.
Pero el azul permanece. Arraigado.
El azul de los niños como el de un cielo.


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Es un pequeñísimo puente abierto sobre las marismas del Sena como sobre la esperanza de los niños que pasaban por aquí. Todo debe estar quebrado alrededor.
¿Todo morirá? ¿Acabará? ¿Se detendrá? ¿Como las lágrimas, el amor, la muerte? ¿El sentimiento?
No sabemos.
¿Es un mal día? ¿Será? ¿Sólo así, un mal día? Nada sabemos con claridad. De repente tenemos cien años. Lloramos. Quisiéramos llorar, aún más, luego no es demasiado, pero nadie lo dice.
¿Los gritos de las mujeres, de los niños? ¿Continuarán, entonces? Si. Continúan. Mientras estemos vivos. Como la guerra. Se lee: que estamos vivos.
¿Será un mal día? Intentamos hallar un conocimiento desleído.


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Esas cuerdas hechas para impedir que los barcos se unan al viento y se extravíen.
El mar siempre vigilado, confrontado.
Como si no quisiera vivir mas.
Como hay gente que no desea partir más, sólo quedarse aquí, a vivir en la inmovilidad del tiempo.


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Había viento ese día, lo vimos. Viento fotografiado. En vez de iluminar la fotografía, la oscureció. Desamparados por el viento del mar. El viento ha debido partir solo hacia un destino aún secreto.
No lo vimos más.
De repente se hizo indiscreto, el saber sobre el viento. Todo movimiento venido de allá ha escapado. Entonces aguardamos. Nada. El viento a su antojo, como gente, como perros.
Observamos, largo tiempo, es todo, para ver diluirse todo rastro de vida. Ver surgir de golpe un cuadro italiano al alcance de la mano.
Entonces partimos. Nada queríamos robar. Nada robamos.
Debe estar aún allí.


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De eso lo hemos olvidado todo. Al principio creímos que había sido hecho por un transeúnte, un turista, después no. No había turista, nada había. Lo dejamos todo como estaba. Como era.
En ese caso de todas maneras señalamos, sin ello nada hallaríamos, y funciona: porque la palabra escrita no se olvida jamás. Alguien ha dicho: no tiene sentido trastornarse. No hemos respondido a tanto énfasis, tanto orgullo. Terminó allí.


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Tomé la fotografía del mar y la edité, me fui con ella en un libro.
La mar permaneció, oportuna, discreta, perfecta, INVISBLE, ETERNA.

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