domingo, 1 de abril de 2012

El lugar donde jamás escribió Marguerite Duras


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Este es un libro de Marguerite Duras, aunque no sea un libro de Marguerite Duras.

No fue ella quien lo tanteó, lo recobró, lo acabó.

No fue ella quien fundó su último lugar.

No es semejanza de otras hechuras atemperadas.

Pero es un libro de Duras.

Lo decido yo, que soy su lectora. Su devota.

Lo declaro yo, que la releo en la continuidad de su silencio. En los márgenes borrados de sus otros libros.

Lo rubrico yo, en la lealtad de una traducción consumada desde la piel, como una cicatriz más, una renuncia más del trecho bibliográfico de la autora.

«El público no lee al autor, sino el libro», dice Marguerite Duras.

«Todo lector es el elegido de un libro», dice Edmond Jabès.


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El libro existía ya.

En ella y en mí.

Aunque cada frase, cada tregua, es suya.

Lo imposible y lo anterior.

Suya es la mirada que tuerce una remota tarde de Indochina, donde nació en Gia Dinh el 4 de abril de 1914 con el exacto nombre de Marguerite Donnadieu. A expensas de los diques, las infidencias.

Suya es la última ebriedad, el desacato de la muerte dictada a regañadientes en París el 3 de marzo de 1996.


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El libro es la carencia.

La sed.

Lo que dice y no dice del autor.

Lo que no supo explicar el autor.

«No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía», dice Marguerite Duras.

«El libro que está a nuestro alcance es el libro del fin de un mundo condenado. Toca a los sobrevivientes devolverle, con su orden, sus palabras», dice Edmond Jabès.


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Este es el libro que esperé desde el principio. Desde que empecé a leer a Duras.

Lo creía umbral, pasadizo hacia el verdadero libro. El último.

Pero no llegó.

Duras escribió otros libros, contenedores de éste. No lo supo.

Edificó una soledad —y el miedo, claro—, luego amó esa soledad. Amo la casa de la soledad escritural. Se despojó en ella, lanzó claraboyas, mares y jardines para tropezarse en ella.

Pero el libro de poemas jamás llegó.

Hubo poemas, si, esparcidos en cartas, diarios, memorias. Dicen sus biógrafos que Duras amó la poesía, que la intentó y luego la incineró.

También hubo frases que semejaban poemas, espirales frondosas, distancia, jadeos, dudas.

Y ciertos verbos predadores. Todo cuanto requiere el poema.

Pero libros de poemas, jamás hubo. ¿Ni habrá?

Duras confesó haber adquirido una identidad esencial a través de cierta frase de Jacques Lacan: «No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe».

El poemario de Duras estuvo siempre amortajado. Temiendo el desenlace.

Por eso emergió fragmentado, nudoso, sin porvenir.

Se ocultó entre diálogos, sentencias, epitafios.

Dijo lo suyo con gritos desahuciados, en la seca ortografía de las plegarias.

El poemario de Duras no perduró en la corrección, en el merecimiento de palabras difíciles. Por eso no se parece a nada. Ni a él mismo. Ni a las novelas de la autora, tan eternas en el paladar.


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Laure Adler advierte en su libro Marguerite Duras (Editorial Anagrama, Barcelona, 2000) el hallazgo, tras la muerte de la autora, de un poema escrito en unas hojas sin fecha. El texto, traducido por la propia Adler, probablemente corresponda a la misma época de escritura de la novela Un dique contra el pacífico, donde la desesperanza es ofrenda familiar:

«Canto del cabo

Larga es la espera

Bajo el sol

Los hombres se arrastran por la carretera

Encadenados a la esperanza

Mucho esperé en la pista

Con los pies y el cuello encadenados

Y la cabeza al sol

El estómago vacío, el culo apaleado

Arroz de miseria

Sol de hierro

Mi hijos hambrientos

El hambre, el paludismo

Oh llanuras de mi país

Tan bienaventuradas de criaturas

Muertas de hambre

Oh sol de sal

Oh país mío, mi único destino».

Y hay otro poema inacabado, El Mar, de los días iniciales, también reseñado por Adler:

«Oh, mar, tantos besos sobre nuestras pobre miradas

tantas olas unidas,

y tanto anhelo

en este hostigamiento de desiertos hundidos.

Los hombres alrededor bañándose en tus espumas,

la voz de tus prisioneros

se apaga sobre sus cuerpos.

Oh, pueblo, siempre una mañana os priva del mar

vuestra voz y vuestras manos se tornan más desgarradoras

y en vuestros ojos ya

contra toda la tierra, hay recuerdos.»


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El poemario de Duras es el libro que no existirá.

Y sin embargo existe.

Lo desencadené con osadía de lector. Con esos mínimos y contundentes derechos que otorga el oficio de lector, que es, finalmente, el de alquimista, deseante, dios.

Cuando surge un lector, el autor desaparece, es apócrifo, escribe lo que uno cree que escribe.

El lector transforma el libro. Lo destruye. Lo reconstruye. Es su vocación.

De ahí que poco importe que Marguerite Duras haya o no vertido sus textos en un libro de poesía. Que esa fuera o no su voluntad.

Su decisión es ahora mía.

Su delirio, su naturaleza, su giro, son míos.

Luego lo será de otros lectores.

«Cuando una obra es muy hermosa pierde a su autor. Deja de ser su propiedad. Conviene a todos. Devora a su padre. Él sólo fue su medio. Ella lo despoja», dice Paul Valery.

«Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y la ocasión en que lo hacen no es sino un afortunado accidente», dice W.H. Auden.


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Siempre vi poemas en las frases certeras, comedidas, de Duras.

Siempre las intuí como poemas.

Siempre desee verlas aparte, en una página más clara.

Y lo hice.

Surgió entonces un poemario, aún en contra de Duras y desde Duras.

Retomé algunos de sus libros, extraje aquellas construcciones que leo como poemas, los copié en páginas que les fueran propias.

Entonces reverdecieron.

Tienen ahora su paisaje, su auténtica desesperación, su privado ocultamiento.

Dicen por sí mismos.

De pronto mienten como un auténtico poema.


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La escogencia no es un asunto meramente formal.

«Todo arte busca la perfección de la forma», asumen los maestros cabalistas.

Los poemas de Duras no lo son tan sólo porque lo parecen, por su estructura versificada, su puntuación, sus vacíos.

Son poemas por lo que niegan.

Por esa incerteza profunda que los delata.

Por detenerse al margen, por acusar, por desistir.

Por dar cauce a vocablos impostergables.

Por ser un acontecimiento en sí mismo, un asombro, un silencio, síntesis.

Son poemas por que elijo en su lectura una mirada:

la de la poesía y el desencanto.


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En cuanto al acto de traducir a Marguerite Duras no redundaré en aquello de la «traición», puesto que he traicionado a la autora desde la primera lectura.

Por lo demás, el ritmo es suyo, los pronombres desleídos son suyos.

La semejanza, la polisemia, las calumnias, son todas suyas.

El francés de Duras es una puñalada a mediodía, sin reveses, sin injurias.

Poco más puedo argumentar al respecto.

Traducir a Duras es, simplemente, otra táctica de lectura.

Agradezco la paciente colaboración en esta osadía de Jeannete de Gelman, Alexis Romero y Danielle Triay. Y a mi padre, que me otorgó un francés amoroso y para siempre.


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Duras admitió que escribir es no hablar: «Es callarse. Es aullar sin ruido».

Sus novelas son lugares de mudez.

Pero aquellos fragmentos que ahora son poemas, se convierten en el íntimo lugar del habla, donde el libro secreto avanza y se vislumbra la extraviada letra del alfabeto ancestral.

Donde nada calumnia ni somete.

Sitio de la noche y el libro reabierto.

Donde habla Duras.


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Para esta edición se han seleccionado fragmentos de cinco obras de Marguerite Duras: Hiroshima mi amor (1959), El hombre sentado en el pasillo (1980), El mal de la muerte (1982), Es todo (1995) y La mar escrita (1996). Asimismo, se han traducido dos textos en su totalidad: Cesarea (1979) y Las manos negativas (1979). Estos últimos tres títulos aparecen —que sepamos— por primera vez en lengua española.

Se trata de textos todos muy fragmentarios, de frases breves, lapidarias.

Textos que son atajos de un género poético inabarcable, construidos desde un discurso metafórico. Dotados de los mismos silencios a través de los que hablaba Duras.

En ellos se concentra la poética de Duras, una manera muy suya de distanciarse de las palabras, de aludir.

¿El orden? Un viaje a lo interior. De las ruinas de la Cesarea bíblica a las palabras de la enfermedad y el adiós.


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Cesarea, Cesarea es la memoria recuperada. Duras estuvo en el mítico lugar gracias a una invitación del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel. Aquellas ruinas escarbaron en ella una cierta desazón ante la historia que grita entre piedras. El texto constituye una nueva versión de comentarios escritos a partir de planos no utilizados de su guión cinematográfico Le navire night. Quizá es uno de los textos de Duras que más hablan de un aliento poético por su musicalidad y su jadeo constante.

La banda sonora de la película Cesarea, Cesarea contiene la voz de la propia Duras. Partiendo de las imágenes del jardín de Las Tullerías, en París, evoca la ciudad mediterránea, cuyas ruinas han puesto al descubierto la olvidada grandeza de la ciudad en la época romana y de las Cruzadas.


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Les manis negatives (Las manos negativas) es, al igual que Cesarea, Cesarea, un fragmento del guión de Le navire night. Y es, asimismo, una reflexión sobre la memoria que nos convoca desde los inicios de la historia misma. Duras llama “manos negativas” a las pinturas halladas en las grutas magdalenianas de la Europa Sur Atlántica. Se detiene en su contorno, en sus heridas de piedra, sus colores inexplicables. El asombro ante la huella humana es aquí una excusa para recorrer el ansia que infunde el pasado, la realidad de ese pasado. «En Les mains negatives» señala Adler, «se dice a gritos que llevamos amando treinta mil años, y esos gritos de amor, esas alusiones a las cuevas prehistóricas, van acompañados de imágenes de hombres de piel oscura que recogen los cubos de basura de París al amanecer. No sale ni un hombre blanco, sólo negros. Esos gritos de amor parecen dirigidos a esa población negra, rechazada, despreciada, humillada, que se encarga de las tareas más indignas de nuestra sociedad blanca».


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L'homme assis dans le couloir (El hombre sentado en el pasillo) tuvo su primera versión en 1962, pero no fue sino hasta 1980 cuando Duras decidió desprenderse de este texto de la violencia amatoria y el miedo puntual. En él Duras no juzga, pero tiende un lecho para los arrebatos, la desesperación de desconocer al que se ama. Es una recuperación de la dolorosa impronta de los golpes maternos y los de su hermano. El texto traducido constituye los dos últimos párrafos del libro.


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Del guión de la película Hirshima mon amour (Hiroshima mi amor) se traducen aquí tres breves diálogos en los que se concentra la dialéctica del lenguaje y la temática durasiana a través de la desolación amorosa de una joven francesa de Nevers y un japonés de la Hiroshima devastada por la bomba atómica. Dirigida por Alain Resnais y protagonizada por Emmanuelle Riva y Eiji Okada, la cinta permitió a Duras hablar de la impotencia de no poder decir sobre el horror, sin restricciones técnicas, sin que su palabra esmerilada perdiera hondura.


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La mer écrite (La mar escrita) es un álbum con fotografías de Hélène Bamberger (París 1956) y textos que Marguerite Duras fue escribiendo durante los paseos que ambas hicieron algunas tardes por los alrededores de Trouville. La fotógrafo cuenta que poco a poco, durante aquellos habituales jornadas que se iniciaron en el verano de 1980, Duras comenzó a dirigirla, haciendo que las imágenes se encaminaran hacia su propia mirada, sus deseos, sus vestigios. Confiesa Bamberger: «De año en año las fotos se hicieron indispensables en nuestros paseos, como un deber de vacaciones, sobre el que Marguerite manifestaba sus exigencias de más y más precisión».

Si bien se trata de descripciones muy concretas de ciertas imágenes —una cerca, unos troncos, un cementerio— tras cada metáfora relumbra una poesía de la ensoñación.

Duras no llegó a ver este libro publicado.


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La maladie de la mort (El mal de la muerte) comenzó llamándose Un olor a heliotropo y a cidra, haciéndose eco de la terrible época que vivía Duras, en la que bebía de seis a ocho litros diarios de licor y andaba en un estado de alarmante ausencia. Decía que sólo el alcohol la calmaba, siendo la escritura una extensión de sus espasmos y angustias. Tras una cura de varias semanas, en plena convalecencia, retomó el libro e incluso pensó en una puesta en escena. Dice Adler que en este libro Duras «reanuda sus amores de adolescencia y retoma el único género que la deslumbra de verdad: la poesía. El mal de la muerte es un poema invocatorio sobre la ausencia del deseo, pero también sobre la odisea de un gran amor entre un hombre y una mujer».


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C´es tout (Es todo) es el libro de la agonía y el dolor de no poder decir más. Duras lo dictó a Yann Andrea —su compañero— durante sus últimos tres meses de vida. Se trata de resabios de lucidez, de su más encarnizado enfrentamiento con la muerte. Si bien es el último libro que Duras ¿escribiera? ¿susurrara?, sus lectores más fervientes guardamos cierta suspicacia y nos preguntamos si no fue Yann Andrea un indolente, un obseso al tomar nota de los quejidos de una moribunda, como si se tratara de un libro a dos voces. Sin embargo, sabemos que el narcisismo de Duras era tan vasto como para conducirla al deseo de escucharse a sí misma hasta el final.


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Este es un libro de Marguerite Duras, aunque no sea un libro de Marguerite Duras.

«Habrá una escritura de lo no escrito. Algún día esto llegará. Una escritura breve, sin gramática, una escritura hecha sólo de palabras. Palabras sin gramática de apoyo. Perdidas. Allá, escritas. Y enseguida abandonadas», ha dicho Marguerite Duras.

Jacqueline Goldberg



Obras de Marguerite Duras traducidas para esta edición

(por orden de escritura)

Hiroshima mon amour. Editions Gallimard. France, 1997.

Le navire night. Cesaree Cesarea. Les Mains negatives. Gallimard Editions, Colecttion Folio. París, 1992.

L'homme assis dans le couloir. Les éditions de Minuit. Paris, 1980.

La maladie de la mort. Les éditions de Minuit. París, 1982.

C´es tout. P.O.L Éditeur. París, 1995.

La mer écrite. Hélène Bamberger Photographies. Marval Editions. Turin, 1996.

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